Enrique Montoya
Enrique Montoya |
Está claro que la copla halló en Enrique un intérprete genial, único y distinto, de dulce discurso musical, pero también queda patente que, por estas circunstancias, el flamenco, en su más pura esencia, perdió un cantaor de voz redonda y trémolos agitanados como diría Diego Torres.
Enrique Montoya era, fue, por encima de todo, un auténtico padre de familia. Una gran familia, la familia de Enrique Montoya; Tate y Enrique, universitarios con carreras, pero artistas por devoción, triunfadores en televisión y en la vida del espectáculo; David; músico; Marta, decoradora; Ricardo, Juan Luis y Caty, comerciantes; Mari...
Precisamente, organizando todo para celebrar las fiestas de su Martita, allí en su chalet de La Pachequilla, Enrique se sintió mal y trasladado a Sevilla, con urgencia, se le aprecia un aneurisma en la vena aorta, lo que le causa la muerte, una muerte que nadie quería aceptar, pero que se hizo triste y cruel realidad aquel 29 de julio de 1993. Toda Utrera se conmovió. Toda la vida de la copla, el todo flamenco, la crítica entera y el pueblo andaluz abierto al dolor que no podía soportar, asistió a su entierro.
La Orden del Mostachón le había concedido sus máximos galardones, había recibido homenaje en el Potaje Gitano y en el Festival del Mostachón y tenía una Plaza a su nombre. Pero, ese día, el Ayuntamiento en pleno, reunido de urgencia, le concede el título de Hijo Predilecto y decreta luto oficial.
Trovador de coplas que fue, reconocido por todos los gitanos que lo adoraban, era también un cantaor de extraordinario compás. Trovador de coplas, versos y cantares, voz de brisa fresca y hondura melódica, que en su eterno mensaje, nos traía ese mundo de lunas y cuchillos, de sierpes y de aceites, de Federico; la quietud sombría y el sabor de cante jondo de Antonio y Manuel Machado; la sal marinera de Alberti; el campo de amapolas y margaritas del retozar del Platero juanramoniano; la sutileza de cristal y el perfume de dalias de Gustavo Adolfo Bécquer; el racimo de piropos del gracejo peculiar de los Quintero y todo el martilleante sonar de unos celos de canela y jondos ayes soleaeros de la flamenca poesía de Rafael de León.
Con todo merecimiento, Enrique Montoya tiene levantado un monumento en la Plaza de la Constitución de su pueblo.